26 de noviembre de 2016

No murió ni en Elba, ni en Santa Elena, murió en su largo lagarto verde


El titular que desearon leer once presidentes norteamericanos, a punto de intentar cientos de veces hacerlo realidad, ha aparecido hoy en los diarios, las pantallas y los celulares de todo el mundo:

Ha muerto Fidel Castro.

La mañana se torna un torrente incontrolable de pensamientos, recuerdos, reflexiones que se remontan a una noticia, leída de niño, a los once años, en un kiosco de Necochea. Era verano y, por primera vez, mis padres habían cambiado el cercano Mar del Plata por el más sureño balneario de la suave pendiente. En esa noticia supe que un grupo de jóvenes de barba negra y vestidos con traje militar de fajina -como se decía entonces- habían volteado a un “tirano”, gobernaban la isla de Cuba y fusilaban a cómplices del presidente derrocado. Fue ese día que escuché de boca de mi padre una sentencia terrible que me ha acompañado toda la vida: “Eso es lo que tendrían que haber hecho aquí con los peronistas”. La gran confusión había comenzado. Llevo casi sesenta años indagando el mecanismo político y psicológico de aquella tremenda expresión paterna.

Aquellos barbudos y, sobre todo, su jefe Fidel Castro han sido protagonistas permanentes de toda la historia transcurrida entre aquel verano -bajo el gobierno de Arturo Frondizi y los constantes planteamientos militares y un presidente norteamericano al que llamaban “Aic” (Ike)- y este fin de primavera, en un mundo mucho más desesperanzado, donde el futuro parece no ser más lo que solía ser.

Este latinoamericano hijo de gallegos y educado por los jesuítas, gozó en vida del tesón y la constancia que caracteriza a los cantábricos y la lucidez y cultura que han tenido los hermanos de Ignacio de Loyola. Y con esa firmeza y esa sabiduría, Fidel Castro se convirtió en uno de los más grandes patriotas de nuestro continente en el espacio de dos siglos. El siglo XX conoció su irreductible nacionalismo capaz de sobrevivir a puro coraje la desaparición de la gran potencia que le había permitido navegar las procelosas aguas de la Guerra Fría. Y el siglo XXI se nutrió de las enseñanzas, reflexiones y advertencias producto de su experiencia y su notable y permanente actualización sobre los grandes temas del género humano y, en especial, de nuestro continente.

Lo conocí personalmente en pleno inicio del “período especial”. Estaba en el Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, en la recepción oficial en el Palacio de la Revolución. De pronto se abrió una de las puertas del enorme salón y apareció Fidel, acompañado por Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, nuestra Susú Pecoraro y otras figuras que participaban del Festival.
Más alto que casi todos los concurrentes, erguido, con una suave sonrisa en medio de la barba entrecana, con su legendario uniforme de fajina verde oliva, pasó por el medio de una doble fila de invitados y le dio la mano a todos y cada uno. Estreché la suya con mis dos manos. Atiné a decirle “Comandante, los argentinos estamos con Ud.”. Eran los tiempos de las “relaciones carnales”. Me miró con fijeza a los ojos. Sentí, lo recuerdo con precisión emocional, que estrechaba la mano de Alejandro Magno, de Jorge Washington, de Napoleón Bonaparte y de José de San Martín, que la historia de siglos de lucha por la liberación de los pueblos y sus hombres y mujeres, por la dignidad de la raza humana se condensaba en esos ojos que me miraban.

Después, durante la recepción pude ser testigo de una discusión, a viva voz aunque en un tono mutuamente respetuoso, entre Fidel y un desconocido periodista californiano. Fidel se había encontrado con él en la fiesta y no tuvo mejor ocurrencia que ponerse a discutir sobre una caracterización que el rubio norteamericano había hecho sobre el liberalismo. El tipo a quien el imperialismo norteamericano había intentado matar año tras año discutía con un ignoto periodista con la misma pasión y vehemencia con que lo hacía en sus años mozos en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. El retórico jesuita y el empecinado gallego se habían confabulado esa noche para rebatir la opinión de alguien con quien no estaba de acuerdo.

Fidel Castro fue un gigante. Nuestra generación y las siguientes tuvieron la gloria de ver su titáncia lucha y sus posteriores reflexiones sobre el mundo que nos dejaba.

Cuando las grandes utopías y sueños de las multitudes del siglo XX eran sepultadas por la sobrevivencia de un régimen social que amenaza la existencia del ser humano sobre la tierra, Fidel pudo entregar la posta de su poder soberano, mantener el rumbo calmo y sereno de la más equitativa sociedad de América, la más justa, libre y soberana, gozar de la compañía de hombres y mujeres que, en representación de sus pueblos, tomaban la antorcha de la unidad latinoamericana y, por fin, disfrutar de las mieles de ver que el gigante contra el cual había mantenido un desigual combate le proponía sentarse a conversar.

Posiblemente, también haya tenido el gusto de reencontrarse con el espíritu de aquellos maestros jesuítas de los años adolescentes que, en la figura del Papa de Roma, lo visitaron en su retiro.

No hubo Santa Elena ni Elba para este unificador de pueblos. Lo conocimos triunfante y lo despedimos con los laureles de la victoria rodeando su majestuosa cabeza.

Ha comenzado la era de un mundo sin Fidel, pero en el que sus hijos, nietos y bisnietos ya están continuando su obra prodigiosa.


Buenos Aires, 26 de noviembre de 2016

22 de noviembre de 2016

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