9 de febrero de 2018

Volver, salga pato o gallareta

En 1985 el Centro Editor de América Latina editó un libro que se llamó La Argentina Exilada. Sus recopiladores me pidieron que escribiese algo sobre aquellos años. Hoy he vuelto a encontrarme con ese texto.
En el mes de agosto de 1977, una noche fría y lluviosa, tomé, junto a mi mujer y dos hijas, un avión de AA que nos depositó -26 horas después- en el aeropuerto de Arlanda, en Estocolmo, Suecia. Tenía treinta años.
Detrás mío dejaba mi infancia y mi adolescencia en Tandil, mis estudios de abogado en la Universidad Católica Argentina, mis años de formación intelectual y política, y la década más apasionante que haya vivido mi generación: que, de manera épica, se inicia el 29 de mayo de 1969 en Córdoba. Dejaba también cantidad de amigos y compañeros, una punta de sueños no realizados y dieciocho meses de pesadilla. También dejé una gata, Almendra, negra y sedosa, que según tengo entendido creó una importante familia de gatos.
En diciembre de 1969 me afilié al entonces Partido Socialista de la Izquierda Nacional. Milité en el movimiento estudiantil y representé a la Agrupación Universitaria Nacional en el Congreso de la FUA de 1970, donde obtuvimos la dirección en unión con otros sectores nacionales. Fue la FUA de Teruggi, como se la llamó. Por primera vez, el movimiento estudiantil reformista reivindicaba el 17 de octubre de 1945 y el peronismo. Teruggi fue asesinado en 1976. Vaya este recuerdo como homenaje a su patriotismo y a su convicción socialista.
De esta época estudiantil guardo con orgullo una carta del general Perón, en la que nos expresaba sus coincidencias con las banderas de aquel X° Congreso de la FUA.
Fui cofundador del Frente de Izquierda Popular, en 1971, Desde ese momento hasta 1977 , cuando abandoné el país, miembro de la Junta Nacional de este partido. Dirigí el periódico partidario Izquierda Popular desde 1973 hasta 1976. La actividad política me permitió, entre otras cosas, recorrer el país casi en su totalidad. Conocí a Perón en una entrevista en el 72 en la casa de la calle Gaspar Campos, junto con Jorge Abelardo Ramos, Jorge Enea Spilimbergo, Blas Alberti y otros compañeros de la dirección del FIP. Volví a verlo al año siguiente, cuando aceptó que nuestro FIP lo llevase en la fórmula presidencial en las elecciones de Julio de 1973.
Profesionalmente he hecho ingentes esfuerzos para ganarme el pan como periodista. Trabajé en Panorama, Confirmado y Cuestionario, entre otras revistas. Pero mi mayor experiencia profesional ha sido en publicaciones políticas.
En 1977 decido irme del país. Por un lado, el clima de terror impuesto por la dictadura se hacía insostenible. Comienzan las anónimas amenazas telefónicas a la redacción de Confirmado y la sugerencia de la Secretaría de prensa al dueño de la revista de que prescindiera de mis servicios. El doctor Agulla, en un gesto que lo honra, me explico el planteo hecho por el capitán Carpintero -secretario de prensa de Videla- y me comunica su decisión de no hacerlo efectivo. No obstante ello me aconseja abandonar el país y durante varios meses continúa pagándome el sueldo pese a que virtualmente ya no concurría a la redacción.
Simultáneamente, el FIP vivía una honda crisis interna. Las relaciones entre los compañeros, comúnmente fraternales, se habían enrarecido y un clima de despotismo autoritario por parte de sectores de la dirección sofocaba la vida política interna. La discusión planteada -que hacía a las posibilidades de una vida interna democrática y a la coexistencia de líneas internas unidas por la concepción estratégica de la Izquierda Nacional- llevaba un enfrentamiento con un grupo de la dirección que podía terminar en una ruptura no deseada por mi parte, en ese momento. Por otro lado, nuestra organización partidaria tampoco estaba en condiciones de mantener la seguridad personal de los militantes.
Por todas estas razones decido con mi mujer irme del país. Hice conocer mi decisión a la dirección del partido y me puse a su disposición para lo que pudiera ser útil en mi nueva residencia.
Me fui de la Argentina con un espantoso sentimiento de derrota. El terror del Estado oligárquico imperialista y la demencia de los grupos armados no dejaban lugar para la política. Día a día desaparecían amigos, conocidos, parientes. Martínez de Hoz se alzaba omnímodamente sobre las ruinas de la industria nacional y la desaparición y el asesinato de miles de argentinos.
Lo de elegir Suecia fue simplemente que unos amigos se habían trasladado hasta allá unos meses antes. En tren de tener que irnos, pensamos que lo mejor era un páis donde conociéramos a alguien y donde, por estos amigos, sabíamos cuáles eran las condiciones. Quizás haya jugado también el recuerdo inconsciente de alguna película de Bergman, de Vilgot Sjöman. O simplemente la distancia enorme entre el Polo Sur y el Polo Norte. De todas maneras hacía allí nos fuimos.
El viaje fue horrible. Por primera vez en mi vida sufrí de mareo. Todo el cruce del atlántico lo pasé en el pequeño cuarto de baño del avión. Creo que me saqué de adentro todo lo horrible con que me había cargado en los últimos tiempos.
Temblando y vacío aterrizamos en Arlanda.
En los primeros tiempos soñaba que, por alguna razón, regresaba a la Argentina y no podía volver a salir. Me despertaba aterrorizado. Los primeros tres años fueron verdaderamente caóticos en el plano personal. Me aboqué casi obsesivamente a estudiar sueco. Las noches eran interminables. Acostumbrados a la vida vertiginosa de Buenos Aires, nos abrumaba la tranquilidad provinciana de Estocolmo y la falta de amigos y lugares de encuentro. No obstante ello, la situación me daba un necesario respiro para la reflexión personal.
Por supuesto, atravesamos una brutal crisis en nuestra relación de pareja. Lo que ocurre, creo entender, es que de repente te encontrás carente de todos los filtros y amortiguadores que te da el vivir en tu país: la familia, el trabajo, la militancia, los amigos. Y te encontrás absolutamente a solas con tus fantasmas. Has convivido con ellos durante años, pero sin darte cuenta que están ahí. Y de pronto brotan y quedan sueltos bailando una danza obscena. Creo que también juega, en este sentido, la situación de extrañamiento, de encontrarte en tierra extraña. Como nadie te conoce, jugás con la fantasía de hacer lo que se te dé la mismísima gana.
Es un poco como la fantasía omnipotente de los viajes. De todas maneras, en mi caso esta crisis no terminó con la separación. Aunque la incluyó en alguno de sus apasionantes capítulos. Lo cierto es que en el exilio los matrimonios o las parejas se deshacían con una velocidad mucho mayor que acá.
Otro tema es el de los chicos. Mis hijas tenían siete y tres años cuando llegamos a Estocolmo. La mayor comenzó la escuela primaria y la menor en una guardería. Tengo la sensación que el idioma fue para ellas un problema infinitamente menor que para nosotros, los adultos. Crecieron perfectamente bilingües, manteniendo el castellano -o el argentino- como idioma del hogar y de relación con los latinoamericanos y el sueco como idioma social. Por nuestra parte, lo que intentamos fue darles un cierto ámbito de seguridad, de apoyto, para que no se sintieran más raros o marginados que lo estrictamente impuesto por la propia sociedad.
Desde un principio, yo me aferré a la idea de que me había visto obligado a irme de mi país y que esto era algo que lo tenía que manejar con la mayor objetividad posible. En ningún momento soñé con la idea de radicarme en algún otro país, pensando que allí estaría mejor o menos mal. Convencido de que el “mal” viajaba conmigo, me dediqué a hacer mi estadía en Suecia -por todo lo que ella durase- tan positiva como fuese posible. No viví por lo tanto lo que llamábamos el “síndrome de la valija hecha”. Los que vivían en España añoraban vivir en Venezuela porque era más cerca de la Argentina, los que vivían en Suecia soñaban con el sol y la alegría española y los que estaban en España suspiraban por las ventajas de la sociedad de bienestar escandinava. Todo ello no era sino la angustia de no poder estar donde querían, esto es, en nuestra patria. Yo creía entender esto, de modo que traté de arraigarme en Suecia, conocer su idioma, su gente, su historia y su sociedad y desde un primer momento decidí que al único país adonde me mudaría sería a la Argentina.
No puedo negar que en los primeros tiempos se me cruzó por la cabeza la idea de no volver nunca más. Creo que en algún momento a todos los que estuvimos afuera la Argentina se nos representaba como un paraíso inexorablemente perdido.
Esa sensación desapareció completamente el 2 de abril de 1982. Recuerdo que la colonia argentina en Estocolmo había organizado una manifestación ante la embajada argentina en protesta por la represión a la movilización popular en Plaza de Mayo del 30 de marzo. Cuando los diarios suecos aparecieron con titulares catástrofe anunciando la recuperación militar de las islas, un grupo de amigos -Jorge Grondona, Luis Monsalve, María Isabel Santamaría, María Inés Walter, Jorge Ocampo, entre otros- nos conectamos con los organizadores de la marcha y les sugerimos transformarla en un acto de repudio a la piratería británica y de reafirmación de nuestros derechos sobre las Malvinas. Lamentablemente no fuimos so suficientemente convincentes y sólo logramos que la columna manifestase primero ante la embajada argentina y luego ante la inglesa. A partir del 2 de Abril nuestra pertenencia a Argentina y a América Latina se convirtió en quizás la primera experiencia de lucha en el exilio. De pronto veíamos que la opinión pública expresada por los grandes diarios e incluso por las autoridades, que haste el día antes se había solidarizado con nuestros reclamos, se tornaba hostil. Fueron inútiles nuestras visitas a las distintas redacciones tratando de explicar la legitimidad de la posición argentina. También lo fueron nuestras entrevistas con distintos dirigentes, tanto del oficialismo socialdemócrata como de la oposición. Olaf Palme -el primer ministro- y Pierre Schori -hombre fuerte de la cancillería- escucharon sonrientes nuestras argumentaciones y con cordialidad y firmeza trataron de explicarnos que todo no era más que el sueño ebrio de un dictador de tierras calientes. Cuando la flota británica iba en camino a Puerto Argentino, organizamos una manifestación ante la embajada inglesa en Estocolmo, frente a la cual quemamos una Unión Jack adornada con el tradicional símbolo de la piratería. El matutino socialdemócrata no vaciló en titular en primera página “La manifestación más pequeña del año”. Efectivamente habíamos logrado reunir a 19 patriotas que así expresaron su repudio a la ocupación colonial y su sentimiento nacional.
En estas jornadas se hizo evidente para mí que muy poco era lo que los latinoamericanos y los argentinos teníamos para hacer en el Norte. Lástima y conmiseración despertaríamos siempre y cuando expusiésemos nuestras llagas, nuestros muertos, nuestras miserias. Pero ni bien, por las vías más inesperadas, nos poníamos de pie y tomábamos lo que era nuestro, la piedad se convertía en indiferencia, sino en abierta hostilidad. Tengo como satisfacción personal el haber logrado convencer de la legitimidad de nuestra causa a dos ciudadanos británicos, compañeros de trabajo, con quienes discutí durante largas noches boreales la información de la prensa inglesa. La derrota de Puerto Argentino tuvo como resultado la decisión de regresar a la Argentina.
Regresé, por primera vez, el 9 de Julio de 1982. Fue una experiencia relativamente traumática. En primer lugar, yo venía con el espíritu inflamado por las jornadas malvineras. Y encontré un Buenos Aires más derrotado aún que el que había dejado en 1977. Charli García cantaba “No bombardeen Buenos Aires” y la mayoría de los amigos estaba convencida de haber sido engañada por Galtieri. Mi entusiasmo, mi convicción sobre que la experiencia de Malvinas tendría consecuencias incalculables sobre nuestro desarrollo político sonaban como una carcajada en un velorio.
Por otra parte, siete años en la sociedad de bienestar me habían borrado los reflejos condicionados propios de nuestra escasez y nuestra crisis. Para decirlo más concretamente: vivir en el Norte -o por lo menos en Suecia- significa conseguirse un trabajo de 6 a 8 horas diarias de lunes a viernes, cobrar un sueldo de 800 o 900 dólares, tener entre 67 7 horas de tiempo libre por día, tener asistencia médica gratis cubierta por el Estado, contar con piletas de natación, campos de deportes y actividades sociales sostenidas por el municipio y calcular si este mes me meto en un crédito a 18 meses para pagar un equipo de vídeo o una computadora personal. No voy a explicar lo que la palabra vivir significa en nuestras costas porque forma parte de la experiencia de los lectores..
A los seis meses de haber vuelto, me encontraba desocupado, sin perspectivas laborales, con mi mujer y mis hijas en Estocolmo esperando el telegrama que les dijese “vénganse”´. Decidí volver al Polo Norte. Pero esta vez, sí, viví la pálida del exilio. Le había vuelto a tomar el gusto a Buenos Aires. El bienestar nórdico se me hacía como una especie de muerte por congelamiento. Recuerdo uno de los cuentos árticos de Jack London, donde el protagonista muere congelado en Alaska. Es una muerte dulce. Un suave sopor lo invade mientras siente que, lentamente, empieza a perder toda sensibilidad. Un Nirvana helado lo recibe en sus brazos para no soltarlo más.
Mi mujer y yo decidimos volvernos, salga pato o gallareta. Acá estamos. Ocho años más viejos, o más maduros. Con muchos recuerdos. Con inolvidables y solidarios amigos en el Polo Norte.
Con palabras de Miguel Hernández:
"Lo que hay de venir, aquí lo espero
cultivando el romero y la pobreza.
Aquí de nuevo empieza
el orden, se reanuda
el reposo, por yerros alterado,
mi vida humilde, y por humilde, muda
y Dios dirá que está siempre callado".
Buenos Aires, 1983.



22 de enero de 2018

Conviviendo con el imperialismo

Un año de Trump

El imperialismo es una enorme acumulación en unos pocos países de un capital monetario que, como hemos visto, alcanza en valores un monto de 100.000 a 150.000 millones de francos. De ahí el incremento extraordinario de una clase o, mejor dicho, de una capa rentista, es decir, los individuos que viven del “corte de cupón”, que no participan en ninguna empresa y cuya profesión es la ociosidad.
Vladimir Lenín, El Imperialismo, etapa superior del capitalismo.

Hace un par de días se cumplió un año de la asunción del presidente norteamericano Donald Trump. Como sabemos, los EE.UU. es un país imperialista que desde, por lo menos, 1890 no ha dejado de intervenir en la política de los países latinoamericanos, asiáticos y africanos. Y ese imperialismo está basado en la naturaleza imperialista de sus grandes empresas monopólicas, con un mecanismo cuya descripción fue realizada para siempre por el líder de la revolución rusa, Vladimir Lenin, en su célebre trabajo “El Imperialismo, etapa superior del capitalismo”. Con esto queremos dejar en claro que el carácter imperialista del estado norteamericano no está determinado, tan sólo, por cuestiones político-territoriales, al modo de los viejos imperios europeos, sino fundamentalmente por la permanente extracción de la plusvalía generada en los países semicoloniales, la apropiación de esas empresas de sus mercados internos, el drenaje de sus recursos naturales, económicos y financieros y su acumulación en los centros financieros imperiales. Ese mecanismo, que ya a principios del siglo XX era evidente, se consolidó, al finalizar la Segunda Guerra Mundial con la creación de los organismos internacionales de crédito, como el FMI y el Banco Mundial, que bajo diversas formas se encargaron de imponer sus políticas económicas en el mundo periférico, convirtiendo el interés del centro imperialista en la ciencia económica, en el “leal saber y entender”, en el sentido común del cual es imposible apartarse.
Esto está dicho para dejar en claro, antes de entrar en tema, que toda política del estado norteamericano, que no sea la expropiación de sus grandes monopolios, la liquidación de su parasitaria clase financiera, el desmantelamiento de su gigantesco poderío militar y una radical democratización de su vida política y económica, estará determinada por el carácter imperialista de su economía.
Dicho esto, analicemos el significado de Trump, de su triunfo, de lo ocurrido durante este año y la acerba, virulenta, brutal y falaz oposición que ha generado, no solo en los sectores norteamericanos dominados por la edulcorada visión del partido Demócrata y Wall Street, sino, lo que es más grave, en el buen pensar progresista del mundo semicolonial y, en particular, de nuestro país.
Escribimos hace un año, sobre este mismo tema:
Lentamente, los trabajadores norteamericanos comenzaron a sufrir un proceso de empobrecimiento, pero, además, de desclasamiento. Pasaron de ser trabajadores industriales, con altos salarios y poderosos sindicatos, a desocupados subsidiados, en condiciones de enorme precariedad, en barriadas en decadencia, sin porvenir, sin salud pública y sin educación ni cultura. Los hijos de aquellos obreros de Illinois, que en la década del 50 y del 60 habían protagonizado históricas huelgas, que alcanzaron ocupaciones de fábricas reprimidas por la Guardia Nacional, vegetan en empleos de repositores de Wall Mart o vendedores de McDonald's”1.
Y sosteníamos, entonces, que el triunfo de Trump expresaba esos sectores y que el intento de reindustrializar a los EE.UU. era, para nosotros, los argentinos, un mejoramiento sustancial de las condiciones en las cuales tenemos que convivir con ese gigantesco poder político, económico y militar. No abríamos juicio acerca de la tosquedad y la torpeza del nuevo presidente, ni sobre su primitivismo acerca de las relaciones sexuales, el papel de las mujeres en la sociedad moderna o su opinión acerca de la inmigración o de los, para él, países “del orto”, por considerar que no era, ni es ese el punto esencial de su presidencia y su política. En general, la opinión del establishment político norteamericano, con pequeños matices, no difiere sustancialmente de esta escatológica definición, aunque la mayoría de ellos se reserva hipócritamente esta opinión para reuniones privadas.
A un año de estos hechos, he leído varios artículos sobre el año de la presidencia de Trump. Ninguno de ellos hace un análisis desde nuestra perspectiva nacional. La inmensa mayoría de ellos, a excepción de los firmados por amigos y compañeros que sabemos coinciden con el sentido de lo que aquí estamos diciendo, asume como propias las críticas, muchas de ellas falaces, de la oposición demócrata expresadas en la revista “Foreign Policy”, banco de ideas y expresión presuntamente progresista del capital financiero. Tanto Macri y sus corifeos, como Cecilia Nahón (ex embajadora en los EE.UU. durante el gobierno de CFK) y Leandro Morgenfeld (de la UNSAM), prefieren, en sus reflexiones, que hubiera ganado Hillary Clinton las elecciones de los EE.UU. Es curiosa esa coincidencia. Lo hacen por distintos motivos, obviamente, pero lo hacen. Pero si encaramos el análisis desde nuestra propia perspectiva vamos a encontrar que la presidencia de Donald Trump, con sus extemporáneas ocurrencias de mal gusto, con sus bravuconadas y su desparpajo grosero y muchas veces tabernario, ha significado un relativo mejoramiento de nuestra relación con los EE.UU., en el sentido de generar espacios de mayor independencia, aún cuando el estólido gobierno de Macri sea incapaz, conceptual y prácticamente, de aprovecharlo.
Desde hace un año no hay embajador yanqui en la Argentina. Recién ahora acaban de proponer como embajador a un ignoto juez del sur norteamericano. Esto tiene dos implicancias. Una evidente es que la Argentina no está en el centro del interés político o económico de los EE.UU. Quiero recordar que la última vez que pasó una cosa igual fue en la segunda mitad de los '80, cuando la inminente caída de la Unión Soviética concentraba todo el interés de la política norteamericana. Fue en ese momento, y gracias a esa, digamos, distracción que pudimos firmar y crear el Mercosur, nuestro principal proyecto de integración, todavía vigente.
La otra ventaja, de consecuencias aún no sabidas, es que todos nuestros cipayos, chupamedias, frecuentadores de cocktails y besamanos en la “Embajada” no tienen con quien hablar, nadie aún tiene el contacto eficaz con el centro del poder yanqui.
Por otra parte, el proteccionismo de Trump ha quitado toda posibilidad a nuestros productos (que son dos y solo dos: limones y biodiesel) por lo que no hay posibilidad de una integración económica. Como sabemos, la Argentina tiene una imposibilidad material de lograr con EE.UU. La situación de semicolonia de lujo que logró con el Reino Unido. Aquello sí era “un roto para un descosido”. Nosotros teníamos lo que ellos necesitaban, lana, carne y trigo, producidos a muy bajo costo, y le ofrecíamos lo que ellos requerían, un mercado para sus manufacturas. Este machimbrado perfecto nunca pudo existir con los EE.UU. Ellos también tenían una gigantesca producción agraria que competía con la nuestra y la mayoría de nuestros enfrentamientos y tensiones han tenido origen en ese hecho fundamental, desde la Doctrina Drago hasta la pelea con el embajador Braden. Esta protección yanqui a sus productores de limones y de maíz destinado a la producción de biodiesel, repite las viejas discordias con el vicepresidente Wallace, representante de los farmers del Medio Oeste, de finales de la Segunda Guerra.
El proteccionismo de Trump fue una de las razones por la cual la reunión del G20 en Buenos Aires, con la presidencia de Macri, fue un verdadero fracaso. El gobierno argentino se vistió para la boda, pero la novia no vino a la cita. Todo el despliegue de ministros de economía, power points, punteros laser y periodistas del mundo entero no fue otra cosa que una costosa reunión social sin resultado alguno.
Todo esto ha generado que la OMC, la todopoderosa cofradía que pretende erigirse en un gobierno mundial, se encuentre en una verdadera crisis. Esto, obviamente, no puede ser recibido por los países periféricos, y en particular por el nuestro, más que como una bendición. La OMC y su intento de convertirse en un tribunal global de derecho internacional comercial ha sido, desde su creación, uno de las principales amenazas a la soberanía de los estados.
Por otra parte, se disolvieron el Acuerdo del Pacífico y el Acuerdo Transpacífico. Ahí han quedado, a los gritos, Chile, Perú, Colombia y México. Sus gobiernos cipayos, que pretendían confrontar su alianza con los EE.UU. con nuestro Mercosur, se han quedado sin política internacional, sobre todo en materia comercial y tienen que volver a plantearse su inserción en el mundo.
China y Rusia se han convertido en nuestros principales interlocutores comerciales. Toda la hipócrita e ideologizada campaña del PRO, mientras era oposición, en contra del acercamiento a estos dos grandes países, se ha convertido en memes y chistes en las redes sociales, en el momento mismo en que el presidente Macri resuelve, en medio del inevitable sofocón, viajar a Rusia en pleno invierno para reunirse con Vladimir Putin, a quien le propone “campos de cooperación”, sea lo que fuere que esto quiere decir en la parvularia habla del presidente.
Por otra parte y simultáneamente se ha consolidado la multilateralidad. Soy de la opinión que el triunfo militar del presidente sirio, contra el ISIS, y la ayuda recibida por Rusia e Irán forman parte de ese nuevo aislamiento que, con fanfarronerías, chistes verdes y machistas, Trump quiere imponerle al establishment político yanqui. No lo puedo demostrar, pero todo el despliegue histriónico, el vocabulario, los desplantes y los avances y retrocesos de Trump son más el resultado de un manejo inteligente de su debilidad relativa que producto de una falta de discernimiento, como pretenden sus críticos mundialistas.
Hace un año finalizábamos nuestro artículo afirmando:
Es momento de reflexionar en términos estratégicos con el convencimiento de que el mundo ha cambiado”.
Que este miserable gobierno no reflexione es simplemente el agradable espectáculo de ver que tu enemigo se equivoca y, como sabemos, no hay que avisarle.
Pero que se equivoquen algunos de nuestros analistas, estudiosos y académicos es un espectáculo que tenemos la obligación de evitar. Las mujeres y los trans norteamericanos es muy posible que se sientan relativamente perjudicados por el gobierno de Trump. Pero, sinceramente, ese no es nuestro problema.
Nuestro problema, nuestra preocupación son los argentinos, los latinoamericanos, a los que, sin proponérselo, la política de Trump nos da un mayor margen de negociación con el sistema que el preside, el imperialismo.
22 de enero de 2018

1http://www.xn--lasealmedios-dhb.com.ar/2016/11/22/ee-uu-trump-o-el-discreto-encanto-de-una-criminal-serial/