2 de agosto de 2016

Raimundo Ongaro, el proletario de la Patria Liberada

Fui a despedir a uno de los hijos más preclaros del proletariado argentino. Fui a despedir a Raimundo Ongaro.

En el año 1968, hace casi cinco décadas, me acerqué como estudiante de derecho de la Universidad Católica Argentina a la Federación Gráfica Bonaerense, a ese primer piso, donde hoy fue velado, para formar parte de los miles de estudiantes que la convocatoria de Raimundo Ongaro y de la CGT de los Argentinos había formulado para acercarnos al mundo desconocido de la clase obrera y el movimiento sindical.

En ese mismo salón lo conocí a él, a Atilio Santillán, a Benito Romano (dirigentes legendarios de la FOTIA), a Pancho Gaitán -al que hoy volví a abrazar emocionado-, a Ricardo de Luca, a Alfredo Ferraresi y a toda esa generación de dirigentes obreros, de gremios pequeños y medianos, que nos habían llamado para luchar contra la dictadura de Onganía y Krieger Vassena.

En ese mismo salón que hoy atronó de aplausos de adiós y de gracias al longevo gigante que partía, conocí a Rodolfo Walsh y a Pajarito García Lupo, los redactores del mítico periódico de la CGT de los Argentinos. Ahí tomé contacto, por primera vez, con unos compañeros que repartían el periódico Lucha Obrera, del Partido Socialista de la Izquierda Nacional. Sus nombres aún me acompañan: Horacio Cesarini, Roberto Vera, Rodolfo Balmaceda. Y ese encuentro con ellos determinó toda mi vida adulta. Ahí me asumí como un hombre de la Izquierda Nacional, definición que aún me acompaña.

La presencia de Cristina Fernández de Kirchner, esta mañana, en ese mismo salón, puso un lazo entre aquellos años juveniles, aquellas luchas en las que fuimos tantas veces derrotados, y los últimos doce años, en los que muchos de esos ideales que llenaban esa casa de sueños y aspiraciones, se vieron realizados como políticas de Estado.

Ese mismo salón estaba hoy tan repleto de gente como lo estaba entonces, y muchos, pero muchos de ellos éramos los mismos, como yo, más grandes, con más golpes y cicatrices, más experimentados y, quizás, más sabios, pero con la misma confianza en la la victoria final de las banderas de la Patria y los trabajadores. Despedíamos a uno de los mejores, a un obrero de viejo cuño, de aquellos obreros que leían a Dostoyevsky en la linotipo mientras componían las galeras, de cuyas manos y de su artesanal capacidad salían libros, periódicos de combate, volantes insurreccionales y llamamientos a aplastar al monstruo burgués. Despedíamos a un hombre con una vida cruzada por la lucha, por el enfrentamiento último y decisivo entre explotadores y explotados, lucha en la que había perdido todo o casi todo, menos el diamante resplandeciente de su voluntad y su compromiso con sus hermanos de destino.

Con Raimundo Ongaro se ha ido una parte riquísima de la historia de la clase obrera argentina, de la columna vertebral del peronismo, de la que saldrá a la calle con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes, como rezaba su consigna convertida en banderola, en cuadros de Carpani, en cánticos callejeros, en piedras contra la opresión del país de la oligarquía y el imperialismo.
Hoy volvimos a encontrarnos, como digo, muchos de los que llenábamos ese salón donde despedimos al gigante. Pero también encontramos a muchos, muchos más que habían nacido veinte, treinta años después de esos días y que, sin embargo, volvían a dar sus votos por la misma lucha que encabezó de modo ejemplar el inolvidable Raimundo Ongaro. Solo la muerte inevitable pudo vencerlo. Pero el milagro de la vida se extendía en los miles de jóvenes, hombres y mujeres, que hoy también le dieron el adiós al dirigente sin par.


Buenos Aires, 2 de agosto de 2016

1 de agosto de 2016

La entrevista de Cristina Fernández de Kirchner con Roberto Navarro



Finalmente, Cristina Fernández de Kirchner fue entrevistada frente a frente por el periodista Roberto Navarro. El encuentro fue largo, amplio y bastante exhaustivo. Es decir, tocó buena parte de los temas que preocupan a los ciudadanos y algunos que preocupan a sus seguidores más fervorosos. Y dejó de tocar otros, por prudencia política en algunos casos, y por astucia, en otros.
Es necesario reiterar aquí lo que dijimos con respecto a Cristina en la entrevista con algunos corresponsales extranjeros: es muy difícil sustraerse a la admiración intelectual que produce esta mujer. Lo primero que impacta a un espectador es eso, su prodigiosa memoria en cuestiones de detalle, su permanente manejo de lo que está diciendo -no habla para llenar el silencio-, su visión del conjunto político, nacional, latinoamericano e internacional, y su capacidad para transmitirlo. Una sola de esas virtudes ya bastaría para convertirla en una figura destacada. La suma de ellas, más su gestión presidencial, la han convertido en la principal figura política del país, con una presencia -positiva o negativa, no importa- en la opinión pública solo comparable a la del presidente.
De modo que estas reflexiones surgen sobreponiéndose al, insisto, magnetismo que provoca su personalidad.
La entrevista con los corresponsales extranjeros -casi podríamos decir latinoamericanos, ya que la representante de Al Jazeera, la única agencia extracontinental presente, es argentina-, en mi opinión, intentó dirigirse al público extranjero y, casi diría, a los políticos extranjeros, a quienes fueron sus interlocutores durante ocho años de gobierno, defendiéndose de los mendaces ataques de la prensa monopólica y del sistema judicial corporativo.
Por el contrario, esta entrevista estuvo claramente destinada al público argentino. Intentó, en mi entender, hacer conocer qué piensa, cómo ve el presente, el futuro inmediato y qué papel cree que le compete en estos tiempos.
Respecto al gobierno y a sus políticas, Cristina hizo hincapié en los efectos económicos desastrosos que las medidas oficiales tenían en la vida de los argentinos. Defendió, obviamente, su administración y el núcleo central de sus políticas de gobierno, reivindicando una política que caracterizó como capitalista, de desendeudamiento, de reindustrialización y crecimiento del consumo interno. Ratificó sus políticas de subsidios sobre los servicios esenciales -electricidad y gas- y rechazó las críticas acerca tanto de la inflación como de la corrupción durante sus gobiernos.
A una pregunta de Navarro sobre algún tipo de autocrítica a los aspectos económicos de su gestión, Cristina eludió la respuesta y se refirió a cierta mala relación con el mundo empresarial.
En el plano político, los puntos más destacados, en mi opinión, fueron:
Primero que todo, su afirmación de que no tiene planes. Más allá del carácter personal que le dio a esta reflexión, creo que la expresión, de boca de una política avezada y astuta, tiene el sentido de un “iremos viendo”. La realidad le irá aconsejando que papel cumplir, dónde y cómo jugar.
Su rechazo a ser oposición y su deseo de construir poder de masas. Con esto, creo, aleja toda idea de convertirla en conductora, ya sea del peronismo, como de la oposición en general. Como hemos dicho en otra oportunidad, Cristina es la dirigente con mayor perspectiva de votos, cuya opinión, gestos y movimientos generan hechos políticos y con el activo de seguidores más importante. Pero no se ha propuesto ni quiere conducir otra cosa que no sea su espacio.
Su idea acerca de que los límites para esa construcción es el mapa y los genocidas. Esto abre un interesante espacio para la reorganización política y las alianzas en vistas a las elecciones de 2017 y vuela por los aires el esquematismo que impregnó la política entre los militantes del kirchnerismo en los últimos meses.
Su escasa consideración acerca de las estructuras políticas vigentes, tantos sea políticas como sindicales. Con respecto al movimiento sindical, la comparación con el accionar de los estudiantes secundarios y su idea acerca de que los dirigentes gremiales dejan mucho que desear, aunque hay excepciones, ratificaron la poca importancia que la ex presidenta otorga al movimiento obrero. En este punto, el mensaje que quedó de sus palabras es una mayor confianza en la aparición de movimientos de base de tipo asambleístico que en las organizaciones gremiales.
Este último es, sin duda, uno de los puntos de mayor conflictividad en el seno del movimiento nacional y popular, en general, y del peronismo en particular. Cuando es evidente que se está haciendo un verdadero esfuerzo por encontrar puntos de coincidencia que permitan unificar la organización de los trabajadores, cuando se habla de una convocatoria a una huelga general -que el propio Roberto Navarro mencionó en el reportaje- esta pertinacia en el juicio crítico a los sindicatos y sus direcciones -elegidas, como se sabe, por sus propias bases- aleja a un actor principalísimo en la construcción de esa mayoría y descoloca a los dirigentes amigos o con simpatías con su persona en la discusión interna del sindicalismo.
En suma, en mi opinión, la entrevista aclara y consolida nuestra apreciación anterior acerca de su intención de no incidir en el movimiento peronista, en su voluntad de construir un nuevo espacio y en su apelación a formas no organizativas de luchas de tipo asambleístico y de base.
Consolida también la impresión de que la ex presidenta sigue estando muy por encima del promedio de los políticos argentinos.
Buenos Aires, 1° de agosto de 2016

8 de julio de 2016

El Congreso, la Logia y la Unidad Continental

Este artículo forma parte de Crónica Histórica Argentina (1968). Es uno de los artículos que integran la sección Más Allá de la Crónica y su autor es Antonio J. Pérez Amuchástegui (1921-1983), director entonces del Departamento de Historia de la Facultad de Filosofía de la UBA y responsable histórico de la obra.



El aparato de los Halperín Donghi, Romero y secuaces de la llamada historia social borraron su nombre de la historiografía argentina y es difícil encontrar hoy muchas referencia biográficas, incluso en la biblioteca de Alejandría que es la Internet.

A continuación, el juicio que el profesor Blas Alberti, recordado compañero de la Izquierda Nacional, tenía sobre la labor de Pérez Amuchástegui, según consta en el interesante trabajo Antonio J. Pérez Amuchástegui, entre la cátedra y el kiosco, de Rodrigo Hugo Amuchástegui:

“O fue (el liberalismo, JFB) detrás del mito del antagonismo entre Bolívar y San Martín, para desvirtuar el carácter verdaderamente continental de la empresa revolucionaria y, además, para desvirtuar la profunda amistad que unía a San Martín con Bolívar, tema que aclaró tan luminosamente el profesor Pérez Amuchástegui, que fue director del Departamento de Historia de esta Facultad, quien curiosamente también goza del olvido intencional de las actuales autoridades del Departamento de Historia de la Facultad y esta actitud impide que los estudiantes lean obras historiográficas de Pérez Amuchástegui en donde se revelan, con una gran precisión de datos y con una aguda visión histórica, algunos episodios del pasado argentino que son puestos a la luz a partir de una documentación fidedigna y de un trabajo sistemático. Y Pérez Amuchástegui no puede ser ubicado dentro de la fogosa tendencia revisionista, como diría el Sr. Halperin Donghi; y, sin embargo, es desconocido y es denigrado cuando se lo menciona. En una universidad no deberían existir autores malditos y autores permitidos. Tendrían que estar todos en igualdad de condiciones. Sólo el juicio crítico de quien acomete una obra historiográfica, o cualquier obra científica, es capaz de establecer su valoración”.

El profesor Antonio Pérez Amuchástegui no pertenecía ni a la cofradía liberal masónica de la Academia de la Historia, ni al nacionalismo policíaco-clerical, ni formó parte del sistema de prestigio de la izquierda cipaya. Se enfrentó a la rosca profesoral de Halperín Donghi, Romero e Hilda Sábato, monopolizadores del saber histórico académico durante los últimos cuarenta años. Ello significó su expulsión del parnaso oficial.

En celebración de este segundo aniversario de la Declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica quiero publicar este texto extraído del tomo 2 de Crónica Histórica Argentina

En 1968, en coincidencia con la publicación de Historia de la Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, este profesor de historia, ex cadete del Colegio Militar de la Nación, hijo de militares, casado con la hija de un militar, escribía en una publicación de amplia difusión comercial, la siguiente interpretación del 9 de Julio de 1816. Adentrarse en su lectura será explicación suficiente del silencio que hay alrededor de su autor. Y será también un homenaje a los que en la soledad y la indiferencia constituyeron una visión que hoy es conciencia política en millones de compatriotas de la Patria Grande, entre ellos el Papa Francisco.

Los congresales de Tucumán no eran argentinos. Eran americanos y el continente era la Patria cuya Independencia proclamaban al mundo entero.

El Congreso, la Logia y la Unidad Continental

Desde los días mismos de la Independencia ha existido una duplicidad de criterios respecto de los contenidos específicos de la solemne declaración de Tucumán. Para unos, el 9 de julio de 1816 se quiso proclamar la emancipación rioplatense; para otros, la intención fue continental.El mismo 9 de julio firmó Pueyrredón en Tucumán una circular a los pueblos por la que comunicaba la buena nueva, y de allí, seguramente, nace la confusión, pues dice:

“El soberano Congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata ha declarado en esta fecha la independencia de esta parte de la América del Sur de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli, según la Augusta resolución que sigue:

El Tribunal Augusto de la Patria acaba de sancionar en Sesión de este día por aclamación plenísima de todos los Representantes de las Provincias y Pueblos Unidos de la América del Sud juntos en congreso, la independencia del País de la dominación de los Reyes de España y su Metrópoli. Se comunica a V.E.esta importante noticia para su conocimiento y satisfacción, y para que la circule y haga pública en todas las Provincias y Pueblos de la Unión. Congreso en Tucumán a nueve de julio de mil ochocientos del diez y seis años. Francisco Narciso de Laprida, Presidente. Mariano Boedo, Vicepresidente, José María Serrano, Diputado Secretario, Juan José Passo, Diputado Secretario.

Lo comunico a V.E. para que determine la solemne publicación y celebración de este dichoso acontecimiento, y circule sus órdenes al mismo efecto a todos los puelos y Autoridades de esa Provincia”.

A la vista de esta circular y del Acta, resulta que “el congreso de estas Provincias Unidas del Río de la Plata” declaró la Independencia de “las Provincias Unidas en Sudamérica”; y de allí algunos han inferido rápidamente que la expresión continental tuvo valor de mera referencia, sin otra implicación de tipo político. Es del caso analizar el problema a la luz de estos y otros testimonios. Toda acción humana es intencionada, y la historiografía aspira, precisamente, a mostrar la realidad ocurrida con las intencionalidades que le proveen su peculiar significación. En 1966 realizamos un trabajo en equipo con Irene Calvo, María Rosa Mateos y Aurora Ravina, que presentamos al Cuarto Congreso Internacional de Historia de América, sobre los Contenidos americanos de la Declaración de Tucumán, con el propósito de aclarar debidamente el sentido de esa declaración. Aquí expondremos sucintamente sus conclusiones.

La línea lautarina
El 26 de marzo de 1816 se iniciaron las sesiones del Congreso con la presencia de las dos terceras partes de los diputados electos. El litoral y la Banda Oriental no enviaron representantes y quedaron, así, marginados de las Provincias Unidas cuya soberanía asumió el Cuerpo.
Buen número de diputados presentes pertenecían a la Logia Lautaro, o simpatizaban con ella en los propósitos de auspiciar la unidad política continental, comforme a los ideales postulados por la Gran Reunión Americana. Por lo mismo, veían con honda desconfianza las pretensiones localistas que enarbolaban las banderas federales.

Este federalismo estaba muy lejos de la ortodoxia doctrinaria que a su hora fijaron Hamilton, Madison y Jay. Tal vez Artigas haya tenido una conciencia clara de los puntos de vista que correspondían al federalismo. Los demás, solo sabían por mentas que el régimen federal respetaba las autonomías locales, y entendían a su manera el significado de federación. Y nada tiene de raro que ello ocurriera en toda Hispanoamérica, cuyas instituciones tradicionales eran básicamente distintas de las norteamericanas. Allá las autonomías han tenido desde los comienzos de la colonización una significación concreta tanto en lo político como en lo económico, mientras que en el Río de la Plata esas autonomías representaban regímenes patriarcales que procuraban defender los intereses económicos internos de la voracidad hegemónica de Buenos Aires.

Ante la experiencia vivida, la Logia entendía que la unidad continental que auspiciaba solo podía lograrse a través de una centralización del poder político, y estimaba -conforme al criterio imperante en la época de la Restauración- que la solución más adecuada se lograría mediante una monarquía constitucional. La otra alternativa era una dictadura fuerte que impusiera el orden homologando intereses y obtuviera la paz interior necesaria para el desenvolvimiento nacional. La monocracia se consideraba indispensable para la unidad continental, pues entendían que la indiscriminada deliberación de los pueblos iba a engendrar secesión.
Conforme a ese criterio, es claro que la “monarquía temperada” resultaba inmejorable, ya que el afán parlamentario de los federalistas podía tener su salida en la representatividad de las Cámaras, mientras se aseguraba la concentración de la fuerza militar y el poder político e, incluso, se evitaba todo resquemor de los soberanos europeos por el establecimiento de repúblicas.

El Acta de Independencia
Pero de cualquier manera, y antes de establecer la forma de gobierno, entendían los lautarinos que era preciso denunciar la existencia de un país soberano, cuya estabilidad política estuviera avalada por suficientes recursos económicos, indudable cohesión nacional y firme fuerza militar. Así lo había señalado Miranda cuando proyectó la unidad sudamericana, entidad que, por sus condiciones potenciales, podía ser garantía de un régimen institucional sólido y duradero. Y así lo entendieron los lautarinos, que presionaron fuertemente para cristalizar los proyectos de Miranda.

Por esos motivos, el Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata extendió sus atribuciones para asumir la representatividad de las Provincias Unidas en Sudamérica. Quien recorra las páginas de El Redactor observará que de pronto, desde comienzos de julio de 1816, se eliminan las referencias a lo rioplatense y se comienza a ponderar lo sudamericano. Y el Acta de la Independencia, por supuesto, no está referida sólo al Río de la Plata, sino a todas las Provincias Unidas en Sudamérica.

El cambio de denominación
No se trata, pues, de un accidente, ni de un error, ni de una simple referencia geográfica. El cambio de denominación -Sudamérica en vez de Río de la Plata- tiene su fundamentación en indudables propósitos de unidad continental. En el momento, esa aspiración política estaba respaldada por una concepción estratégica que apuntaba a asegurar la unidad continental mediante la fuerza militar. Ya el Director Supremo había aprobado, el 24 de junio, la célebre Memoria de Tomás Guido, en que mostraba las efectivas posibilidades de libertar a Chile y al Perú, y desde entonces la política directorial apuntó a consolidar la unidad sudamericana mediante la liberación de distritos oprimidos que pasarían a constituir con el Río de la Plata un solo cuerpo político. El Acta de la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica hacía posible que cualquier distrito continental, con sólo adherir a la declaración y enviar sus diputados al Congreso soberano, quedara de hecho y de derecho comprendido entre las provincias independizadas. Y fuera acreedor al apoyo económico y militar de sus hermanas, pues todas constituían el mismo Estado. La campaña militar que se preparaba tenía la intención, ya enunciada por los jacobinos de la primera hora, de extirpar del cuerpo nacional todo enemigo de la causa, mediante una guerra de conquista que asegurara la tranquilidad exterior necesaria para el ordenamiento interno.

La proyectada guerra contra el Brasil se trocaba ahora en acuerdos dinásticos que tendían a la unidad y a la pacificación; y en cambio se llevaba la acción bélica contra el irreconciliable enemigo que había abortado la Revolución en todo el resto de Hispanoamérica. Porque es del caso tener en cuenta que, el único lugar no reconquistado para el imperio hispánico era el Río de la Plata. Y de allí, forzosamente, tendría que salir la fuerza capaz de iniciar la liberación del continente y de promover la unidad política sudamericana que, simultáneamente reclamaba Bolívar desde Kingston, en su famosa Carta de Jamaica del 6 de septiembre de 1815. En esa misma línea intencional se halla la designación de Santa Rosa de Lima como patrona de la América del Sur, la aprobación de la bandera celeste y blanca como símbolo de independencia y soberanía sudamericanas, y el cambio de designación del jefe del Ejecutivo que comenzó a firmar documentos públicos como Director Supremo de las Provincias Unidas de Sud América. Y por eso mismo San Martín, en cumplimiento de la circular que ordenaba hacerla conocer “en todas las Provincias y Pueblos de la Unión” envió a Chile el Acta de la Independencia que Marcó del Pont hizo incinerar en acto solemne.

Con estos antecedentes, que suelen omitirse no siempre por olvido, resulta muy coherente el proyecto de restablecer la dinastía incaica en el restaurado imperio sudamericano e, incluso, las peligrosas tramitaciones ante la Corte lusitana para coronar un emperador de la América del Sur que invulara la sangre de Braganza con la de los Incas. No es del caso analizar aquí si eso estaba bien o mal; si era un disparate o una sensata medida política. Basta comprender esas tramitaciones, y ellas sólo son comprensibles si se atiende a la intencionalidad americanista de quienes las auspiciaron, volviendo en ese aspecto a los lineamientos del Plan Revolucionario de Operaciones.

Mito y realidad
La anacrónica posición de algunos historiadores, que creen poco “patriótico” señalar la similitud de contenidos intencionales de la Declaración de julio y la Carta de Jamaica, ha pretendido minimizar la importancia de la corriente continentalista. Así hasta se ha expresado un “dictamen”, formado por doce miembros, que afirmaron en tono apodíctico.

“… Nadie ignora que el anhelo de todos los habitantes de este suelo era el de constituir una nación independiente con las provincias que integraban el antiguo virreinato del Plata y no con los demás Estados de Sudamérica. A lo sumo, un reducido número de visionarios coincidía con el pensamiento de Bolívar en cuanto a una Confederación de Estados”.

Y como remate de esa aseveración, lanzada sin otra prueba que la hipotética auctoritas de los ínclitos opinantes, se agrega con un dejo de ironía:

“… Habría que preguntar si nuestros congresales de Tucumán creyeron alguna vez que en ese momento estaban representando también a Chile, Perú, Paraguay, Colombia, etcétera”. 

Al margen de que en nuestros días ni los niños de pecho se conforman buenamente con el “criterio de autoridad”; al margen también de que no se es “autoridad” por el mero hecho de creerse tal; y pasando por alto, en fin, que en 1816 nadie podía creer nada de Colombia porque esa república fue proclamada por Bolívar en 1819, es bueno señalar en qué medida el chauvinismo incontrolado puede llevar a la formulación de aseveraciones gratuitas, incapaces de resistir el menor embate de una crítica objetiva.

No deja de ser curioso que quienes se dicen seguidores de Bartolomé Mitre se esfuercen por negar hasta las evidencias que surgen de la obra de dicho historiógrafo. Ni siquiera advierten que, entre multitud de otros documentos muy elocuentes, las Instrucciones reservadas impartidas a San Martín para su campaña sobre Chile, expedidas por el Director Supremo el 21 de diciembre de 1816, señalan de manera categórica e indudable la intencionalidad que sustenta la denominación Provincias Unidas en Sudamérica. El apartado 14° del “Ramo político y administrativo” de esas Instrucciones dice textualmente:

“Aunque, como va prevenido, el general no haya de entrometerse, por los medios de la coacción o del terror, en el establecimiento del gobierno supremo permanente del país, procurará hacer valer su influjo y persuasión, para que envíe Chile su diputado al Congreso General de las Provincias Unidas, a fin de que se constituya una forma de gobierno general, que de toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto, constituya una sola nación; pero sobre todo se esforzará para que se establezca un gobierno análogo al que entonces hubiese constituido nuestro congreso, procurando conseguir que, sea cual fuese la forma que aquel país adoptase, incluya una alianza constitucional con nuestras provincias”.

La directiva no tenía nada de asombrosa para San Martín; por el contrario, coincidía plenamente con su pensamiento, expresado de manera categórica al diputados mendocino Tomás Godoy Cruz en carta del 24 de mayo de 1816, donde a propósito de las advertencias que él haría al Congreso si fuera diputdo, decía: “1°) Los Americanos o Provincias Unidas no han tenido otro objeto en su Revolución que la emancipación del mando de fierro Español y pertenecer a una Nación”. La conjunción o denota allí indudablemente idea de equivalencia, e indica que para San Martín era indistinto decir Americanos que decir Provincias Unidas; y esos americanos querían pertenecer a una sola Nación. Lo mismo pensaba Manuel Belgrano cuando auspiciaba coronar al Inca en el imperio sudamericano que tendría por sede el Cuzco; lo mismo también Güemes, que recibió alborozado el proyecto; lo mismo Acevedo, Serrano, Sánchez de Bustamante y, en fin, la inmensa mayoría de los diputados que apoyaron las gestiones tendientes a establecer una monarquía continental.

A la luz de las transcriptas Instrucciones de muchísimos otros testimonios concomitantes, resulta pues, que ese “reducido número de visionarios” que “coincidía con el pensamiento de Bolívar en cuanto a una Confederación de Estados”, estaba integrado por los principales jefes militares, los diputados de los pueblos representados en el Congreso y, como si ello fuera poco, también por el Director Supremo, a quien el Congreso confió la dirección política de las Provincias Unidas para que ejecutara las disposiciones del Cuerpo Soberano. Y es claro que dicho funcionario, vocero natural del Congreso, tenía que entender -a pesar de la académica ironía- que los diputados reunidos en Tucumán querían representar a “toda la América unida en identidad de causas, intereses y objeto”, razón por la cual los pueblos sudamericanos debían constituir “una sola Nación” o, en su defecto, vincularse políticamente por una “alianza constitucional”, lo que equivale a formar una Confederación de Estados similar a la que auspiciaba Simón Bolívar en la Carta de Jamaica, sin que, al efecto, importe demasiado si esa unidad política se lograría con una monarquía o una república. Para quien sepa leer -y lo haga libre de prejuicios y sin segundas intenciones- queda incontrastablemente demostrado que la campaña sobre Chile llevaba implícito el proyecto de organización política continental de las Provincias Unidas en Sudamérica.

El transcripto apartado de las Instrucciones entregado a San Martín no tiene, ni mucho menos, carácter de inédito ni de poco conocido. Lo reprodujo in extenso Bartolomé Mitre en su Historia de San Martín y de la emancipación sudamericana, apareció íntegro en el Tomo III, páginas 402 a 416 de los Documentos del Archivo de San Martín, y ha sido agregado también en el Tomo IV, páginas 571 a 575 de los Documentos para la historia del Libertador General San Martín publicados conjuntamente por el Museo Histórico Nacional y el Instituto Nacional Sanmartiniano. Por poco dedicado y perspicaz que sea un investigador, parece que resulta demasiado gruesa la omisión heurística y no puede aducirse olvido por parte de quienes todavía niegan los contenidos americanos del movimiento emancipador.


Sin duda, tuvo razón Eulalio Astudillo Menéndez cuando, en la Revista Militar, afirmó hace 29 años que “el Congreso de Tucumán fijó el plan de operaciones de San Martín”. Y es también indudable que la Declaración de la Independencia, hecha al molde de la Logia Lautaro, retomó el plan jacobino (y mirandino) de constituir el Estado Americano del Sur, y fijó la magnitud continental de la Revolución.

5 de julio de 2016

La entrevista telefónica a Cristina Fernández de Kircher

La verdadera colaboración no es alabar siempre, sino señalar los errores, hablando un lenguaje claro de realidad, de verdad y de amistad. El verdadero amigo es el que aconseja, y si es el enemigo el que habla, es mejor que esté cerca.
Conducción Política, Juan Domingo Perón


El reportaje telefónico a Cristina Fernández de Kirchner en el principal programa televisivo opositor, conducido por el periodista Roberto Navarro, obviamente generó una gran expectativa, ya que por primera vez, desde el 10 de diciembre del año pasado, la ex presidenta era entrevistada por un medio.

Por las mismas horas se daban a conocer algunas cifras sobre el crecimiento de la pobreza en el país que hielan la sangre, habida cuenta del ambicioso objetivo de Pobreza Cero con que el candidato Mauricio Macri se pavoneó en su campaña electoral.
En el informe brindado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) junto al Instituto de Economía Popular (INDEP) se vio que la pobreza para el Gran Buenos Aires subió, a partir de fines del año pasado, del 24,4% al 31,42% en marzo (un 7%) y, luego, al 33,25% (casi un 10%). Esto, según los investigadores Hernán Letcher y Eva Sacco, significa, sólo en el área metropolitana, una crecimiento de 1,7 millones de pobres.

Para el instituto Gino Germani, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, la pobreza en el Gran Buenos Aires subió del 22% al 35,5% (la indigencia pasó de 5,9% al 7,7%). El porcentaje de pobres pasó de 23,8% al 38,2% en el conurbano (indigencia del 6,8% al 9%), mientras que subió del 12,6% al 21,8% en la Capital Federal, con un incremento de la indigencia del 1,1% al 1,4 por ciento.

Estos guarismos, de medirse en todo el país, significarían que desde que asumió Mauricio Macri en la Rosada habrían entre 4,5 y 5 millones nuevos de pobres, según estimó el investigador del Instituto Gino Germani, Eduardo Chavez Molina.

También la Universidad Católica Argentina (UCA) estimó que la misma está cercana al 35%, en estos días. Según esta investigación, entre noviembre y marzo se habían creado 1,4 millones de pobres. El investigador Agustín Salvia, responsable de esa encuesta, explicó que el tarifazo tuvo un impacto importante en los deciles de la población con menores ingresos (1).

De manera que las declaraciones de Cristina Fernández de Kirchner se han dado en un momento de agudización extrema de las demandas sociales, en el inicio de un duro invierno anticipado por un frío otoño y en el marco de un desabastecimiento general de gas, cuyo precio para los usuarios domiciliarios se ha convertido en cifras que implican hasta la mitad del salario. El grueso de la clase media asalariada o con ingresos fijos, la clase trabajadora y los sectores más vulnerables de la sociedad -desocupados, semiempleados, trabajadores en negro- están sufriendo día a día una brutal disminución de su capacidad de compra y una exacción de sus ingresos a favor de los sectores concentrados de la economía y, sobre todo, del sector financiero. Como lo denuncia la Declaración de Formosa:

La derecha pretende imponer un modelo de Estado mínimo, un gobierno de ricos y gerentes de grandes multinacionales. Su objetivo es desmantelar el conjunto de progresos laborales y sociales y los derechos conquistados durante los últimos años”.

A su vez, los bloques parlamentarios del otrora Frente para Victoria se han ido desgajando al vaivén de distintos intereses, legítimos e ilegítimos, justos e injustos, mientras que la presión del gobierno nacional sobre los requerimientos presupuestarios de los gobiernos provinciales ha tenido su efecto en las votaciones del Congreso. Hemos sostenido en otra parte:

“'Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío, / Sus alas de gigante le impiden caminar'.
El peronismo, en el poder, se asemeja, en su autonomía, en su agilidad de movimientos, en su grandeza, a ese albatros que cruza los mares del Sur. Pero alejado del poder, “sus alas de gigante le impiden caminar”. Le cuesta recomponer sus amplias alas, trastabilla con la inmensidad de su cuerpo y se le hace difícil volver a remontar el vuelo” (2).

A excepción de esa Declaración de Formosa, llevada a cabo a instancias del presidente del Congreso del Partido Justicialista, Gildo Insfrán, no ha habido otras manifestaciones orgánicas del movimiento que, a través de Néstor y Cristina, ejerció el poder desde el 2003 hasta el año pasado. El establecimiento de una clara y definida política opositora dispuesta a reconquistar el poder del Estado para la realización de sus grandes banderas no alcanza a manifestarse, mientras desde el movimiento obrero se realizan permanentes esfuerzos en aras de una unificación de la CGT bajo un programa y una conducción capaz de resistir el embate del neoliberalismo financiero. En este último sentido son alentadoras las palabras del dirigente Horacio Ghillini, del SADOP, quien en un sustancioso reportaje acaba de manifestar (3):

“Queremos que el programa de la CGT sea en un con presencia federal, movilizado. Que no tenga ambigüedades con respecto a este proyecto político. Una cosa es tener respeto democrático por el gobierno y otra es estar de su lado. Este es un gobierno contrario a los trabajadores. Queremos confrontar su modelo económico”.

Los dichos de la ex presidenta dieron lugar a una gran producción de interpretaciones, elogios y críticas. No podía ser para menos. Un importante sector de la sociedad ha depositado sus expectativas y esperanzas en las palabras o los gestos que puedan venir de la ex presidenta para dar respuestas políticas al gran desafío que la derrota del año pasado ha impuesto sobre el peronismo y, en general, sobre todo el movimiento nacional y popular. Estas líneas no intentan más que sumarse a ese necesario debate.

La entrevista
La primera sorpresa fue que la entrevista se hiciera por teléfono. Alguien dijo alguna vez, en tono humorístico y paradojal, que, de haberse inventado la radio después de la televisión, los oyentes la hubieran elogiado diciendo que era como la televisión pero mejor, ya que no había necesidad de mirar la imagen. No soy un especialista en comunicación, pero fue evidente para el más desprevenido que el recurso típicamente radial de una comunicación telefónica enfrió la expectativa de la entrevista. En una época en que, con un teléfono y una aplicación podemos conversar, con imagen y sonido, con un amigo en Estocolmo, la decisión de no poner su imagen en vivo no pudo ser sino producto de una decisión de política comunicacional. Y el resultado fue una sensación de distancia y lejanía. Si a eso se le agrega el comentario de la ex presidenta acerca de que recién entraba en su casa, el efecto de sentido fue el de un encuentro casual, casi inesperado.

Cristina, a lo largo de la conversación, dejó en claro, fundamentalmente, que no pretende conducir a la oposición y, mucho menos, al peronismo. Dejó en manos de la representación parlamentaria esa función que queda así sin una dirección política que la vertebre. Reivindicó con justo derecho las políticas de su gobierno y dejó en clara su opinión sobre la naturaleza liquidacionista, clasista y antinacional del gobierno del presidente Macri, aún cuando señaló que deseaba su éxito. Este quizás haya sido una de sus afirmaciones más desconcertantes dado que el éxito del gobierno macrista consiste en la implementación, desarrollo y profundización de esas políticas.

Puso énfasis en dos o tres cosas: por un lado, una correcta visión alejada de cualquier tipo de vanguardia iluminada, que es algo muy distinto a una conducción política de un amplio espacio; puntualizó que son necesarias ideas, más que hombres, para enfrentar al gobierno; y, por último, su confianza en lo que llama “empoderamiento” de la gente.

Este concepto, de frecuente aparición en el discurso de Cristina, ha tenido su origen en la sociología norteamericana (enpowerment) y encierra un sentido más psicologista que político y social. Un proceso de empoderamiento reemplazaría así “un sistema piramidal tradicional por otro más horizontal en donde la participación de todos y cada uno de los individuos formen parte activa del control del mismo con el fin de fomentar la riqueza y el potencial del capital humano lo que se reflejará no sólo en el individuo sino también en la propia organización” (4). En los discursos de Cristina el concepto parecería más bien a apuntar a una cesión de poder, por parte del Estado, en los ciudadanos y ciudadanas para que tengan la capacidad, la decisión y el coraje de enfrentar las decisiones injustas o contrarias a sus intereses. La ausencia de una mediación organizativa, capaz de luchar por la conquista del poder político del Estado, corre el riesgo de convertir el empoderamiento en una apelación a los derechos y garantías de los ciudadanos, propio de todas las constituciones liberales.

Uno de los momentos en los que más ruido me hizo el mensaje de la ex presidenta fue su negativa a responder a la pregunta del periodista acerca del estado de desamparo -creo que usó esa palabra- en que se encuentra parte de la opinión pública que ha confiado en su liderazgo. Fue evidente que no quiso contestar a ello y en su lugar se extendió en un minucioso relato sobre las cañerías de la calefacción en Santa Cruz, que en el crudo invierno patagónico quedan congeladas y revientan de no tener el calor necesario. Fue también, ahí, donde la expresidenta mencionó por única vez un acuerdo previo y repitió varias veces la expresión inglesa “no more”.

En suma, Cristina Fernández de Kirchner ha vuelto a Buenos Aires. La pertinaz persecución judicial a la que la somete la dictadura judicial y mediática requiere de su paciencia y capacidad de respuesta. Es evidente y obvio que esta es su primera preocupación. Pero también quedó evidenciado que no está en sus objetivos inmediatos encabezar una oposición política amplia y mayoritaria al gobierno de los CEOs y el imperialismo.

Es obvio que no se esperaba de la expresidenta un discurso incendiario o un llamado a la rebelión. No hay antecedentes en la conducta pública de Cristina para pensar algo así. Lo que quizás se esperaba eran ciertas señales hacia el movimiento peronista que fue la base de apoyo del presidente Néstor Kirchner y la llevó al poder en dos oportunidades con el voto mayoritario. Una gira por provincias, insinuado en las redes y en portales noticiosos, podría satisfacer esas expectativas. Una reunión con el ex gobernador de San Juan, José Luis Gioja, y actual presidente del PJ nacional, una serie de entrevistas que cubra el espinel político del peronismo en su amplia expresión -gobernadores, intendentes, senadores y diputados- así como con dirigentes gremiales y de los sectores que apoyaron a sus gobiernos harían manifiesta la voluntad de Cristina de acaudillar, en las nuevas condiciones, el gran frente opositor.

Poseedora hasta hoy de un gran caudal electoral en cualquiera de los escenarios en que intente presentarse, su aparición del domingo no dejó traslucir más que la idea de que con sus dos gobiernos cumplió más que ampliamente con la voluntad popular y las grandes tareas de la Patria. Algo que la Historia y sus contemporáneos no dejaremos de agradecer y recordar con emoción.

Algunos amigos me preguntaban si valía la pena plantear estas cuestiones, habida cuenta que tampoco el peronismo ha resuelto o está en vías de resolver su problema de conducción. Otros me decían si no era preferible que la realidad hiciera evidente estas tendencias aquí señaladas, ya que estas reflexiones solo generarían respuestas iracundas y apasionadas de fervor. No tengo resuelto el dilema. Pero mi formación y tradición políticas me indican que, para citar a Joan Manuel Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Hacer frente a una situación, ayudar a que con el conjunto reflexionemos sobre la real situación estoy convencido que ayuda a encontrar, entre todos, respuesta a los desafíos a los que estamos enfrentados.

A todo esto, una patota fascista empastelaba la redacción del periódico Tiempo Argentino, golpeando a sus trabajadores, y otra atacó la Parroquia de Nuestra Señora de Fátima, donde Cristina se había reunido con los curas de la opción por los pobres.
Y al día siguiente, 4 de julio, el presidente Macri se fotografiaba con una escarapela de los EE.UU.

Hacemos propias, para enfrentar este desafío, las palabras que cierran la Declaración de Formosa:

En definitiva, los argentinos nos encontramos hoy ante la misma encrucijada histórica que enfrentaron los patriotas de 1816: Patria o colonia. Ante este dilema, no dudamos que las banderas históricas del peronismo, enriquecidas con los aportes expresados en este documento y los que realicen todos los sectores del campo nacional y popular, constituyen el faro que nos ha de guiar hacia la efectiva emancipación nuestro pueblo en el Bicentenario de la Independencia”. 

4 Blanchard, K., CarlosJ& Randolph, A. (1997). Empowerment: 3 Claves para lograr que el proceso de facultar a los empleados funcione en su empresa. Bogotá: Norma S.A.

24 de mayo de 2016

Una carta y unas reflexiones de hace 34 años

Esta carta y estas reflexiones tienen ya 34 años. Es un misiva que le envié al recordado compañero y amigo Jorge Enea Spilimbergo, sobre el final mismo de la guerra de Malvinas. La encontré hoy entre mis papeles, volví a leerla y encontré las mismas preocupaciones que he tenido a lo largo de todo ese tiempo y que hoy se hacen aún más vivas y dolorosas. Por eso me atrevo a publicarla en mi blog.

Jakobsberg, 17 de junio de 1982.

Estimado Spilimbergo:

Pese a que ayer mismo tuvimos una larga charla telefónica, quiero aprovechar este día libre para borronear algunas reflexiones sobre la reacción europea y socialdemócrata ante el enfrentamiento bélico entre Argentina y el Reino Unido.

A fines de mayo se realizó en Helsinki, Finlandia, una reunión de la dirección de la Internacional Socialista, cuyo principal y casi único orden del día fue el conflicto de las Malvinas.

La posición argentina y latinoamericana fue clara y brillantemente expuesta por el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez. Su exposición giró alrededor de los siguientes puntos: es cierto que Argentina ha usado la violencia para retomar las islas, pero no es menos cierto que la respuesta británica ha sido, por lo menos, exagerada. Esta respuesta bélica ha producido no sólo una gireta económica entre Europa y Latinoamérica, sino también política y militar. La flota inglesa es también la flota de la OTAN. Las sanciones del Mercado Común Europeo tienen un evidente carácter bélico y Latinoamérica está, quizás, obligada a adoptar medidas de represalia. Estamos al borde de un conflicto Norte-Sur, con mayor precisión Oeste-Sur, y si Argentina busca armamento en el Este, la Internacional Socialista está obligada a apoyarla

¿Cuál fue la unánime posición europea? Los partidos socialdemócratas y socialistas, muchos de ellos partidos de gobierno en sus respectivos países -Alemania Federal, Dinamarca, Francia, entre otros- se aferraron con dientes y uñas a argumentos puramente formales para desvalorizar la posición argentina y, de pasada, explicar – si no justificar- la respuesta inglesa.

En primer lugar, el carácter antidemocrático del gobierno argentino frente a la legitimidad constitucional de Margaret Thatcher. En segundo lugar, el no cumplimiento argentino de las resoluciones 502 y 505 del Consejo de Seguridad de la ONU. Y en tercer lugar, pero no por ello menos importante, el derecho de autodeterminación de los 1800 pobladores malvinenses. Caracterizaciones sobre la guerra, tales como “absurda”, “ridícula” o “ maniobra de distracción” fueron los juicios expuestos por los europeos, a la par que con pertinacia se negaban a analizar la base y el contenido mismo del conflicto, es decir, los derechos históricos y geográficos de Argentina sobre el archipiélago y el carácter colonial de la dominación británica. Todo esto en un discurso pacifista sobre los peligros que la “aventura” argentina significaba para la paz mundial y el balance de poder entre las superpotencias. El accionar de las Fuerzas Armadas argentinas fue caracterizado como “irresponsable agresión que inició el conflicto” y el representante sueco alertaba sobre el peligro que significaba “el ser indulgentes hacia el empleo de la violencia”.

Esta posición sueca puede ser punto de partida para un análisis más detallado, puesto que ha sido justamente el partido socialdemócrata sueco el que en su política internacional, con más indulgencia ha tratado el uso de la violencia terrorista en América Latina. Bastaría recordar al respecto, y sin ánimo de simplificar la cuestión, la recepción que Olof Palme le hizo en 1978 a uno de los “comandantes”montoneros, corresponsable de la caída de un gobierno constitucional y democrático y del más irresponsable, cruel y alucinante derramamiento de sangre que ha vivido la Argentina en lo que va del siglo. Pero no quiero, como digo, simplificar puesto que el problema es más complejo que esto.

Los partidos socialdemócratas y socialistas europeos han manifestado en otras oportunidades opiniones y actitudes de apoyo a los movimientos de liberación tercermundistas. Pienso, por ejemplo, en la posición del primer ministro austríaco Bruno Kreisky dando rango diplomático al representante de la OLP y denunciando el carácter genocida de la política israelí. O también, el plan de paz en El Salvador elaborado por Miterrand, el danés Ankerssen y el presidente mexicano Echeverría. O el apoyo a la revolución sandinista o al Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Bolivia. No es que pretenda idealizar este tipo de apoyo de parte del mundo satisfecho para con sus víctimas, pero sin duda que los nicaragüenses estiman y valoran la solidaridad política y económica que reciben de Europa. Y el abrazo de Arafat y Kreisky en Viena testimonia la importancia que los palestinos dan a la opinión austríaca.

¿Por qué entonces esta enemistosa actitud hacia la causa argentina¡ ¿A qué se debe el formalismo de esta posición, que antepone el carácter militar y dictatorial del gobierno argentino al contenido material evidentemente legítimo de nuestra reivindicación?

Creo que hay dos causas fundamentales de orden tanto político como, por así decir, psicológico.

En primer lugar, el conflicto de las Malvinas no es ni un conflicto interno de la Argentina,ni un conflicto entre dos países pobres o semipobres, como hubiera sido una guerra con Chile o como lo es la guerra entre Irán e Irak. Nuestra guerra ha sido y es un enfrentamiento armado entre un país del Sur, del Tercer Mundo y uno de los países más importantes de Occidente, tal como ha escrito el economista y pacifista noruego Johan Galtung, en un artículo que pasó absolutamente desapercibido en los medios bienpensantes en Escandinavia: “Esta guerra es un conflicto entre Norte y Sur y, además, el primero en su tipo”.

La matanza de El Salvador puede despertar sentimientos de compasión y solidaridad culposa. La represión en Chile o en Argentina puede conmover las conciencias satisfechas de Europa, a la vez que cumplen el papel de demostrar, como se dice en sueco “vad bra vi har det hemma”, o sea, “que bien que estamos en casa”. Nuestros, vistos con los ojos del capitalismo avanzado, eternos golpes de estado, guerras civiles, inflación, estancamiento económico, hambre, miseria existen como espejo que devuelve la imagen de un hombre blanco eficiente, respetuoso de las opiniones ajenas, democrático, acostumbrado a pedir la palabra antes de hablar, civilizado y, sobre todo, pacífico y justo.

La guerra entre Irak e Irán permite constatar la falta absoluta de sentido común que domina a los fanáticos líderes musulmanes, más preocupados por cuidar la virtud de sus numerosas mujeres que por dar de comer a los hambrientos mendigos de Teherán o Bagdad. Un eventual enfrentamiento armado entre Chile y Argentina hubiera producido un coro de horror ante los desvaríos napoleónicos de dos dictadores de tierras calientes. Pero ni en el primer caso ha habido, ni en el hipotético segundo caso hubiera habido, el menor esfuerzo en analizar y desentrañar el origen y las causas del conflicto. La compasión reemplaza el argumento racional y la colecta por las víctimas, el pensamiento crítico.

Pero en el caso de las Malvinas el problema es totalmente distinto. Un país del Sur, medianamente desarrollado -y esto tendrá su importancia al analizar la segunda causa- se enfrenta a Inglaterra, para exigir reivindicaciones territoriales de antigua data, que a su vez tienen una evidente consecuencia geopolítica sobre la discusión de la Antártida. Y entonces no hay ningún tipo de compasión. La consigna es dar una lección al insolente, poner un límite al desborde de los pueblos del sur, imponer la ley de la superioridad técnica y militar para terminar, de una vez pro todas, con la arrogancia de los subordinados. Para citar una vez más el artículo de Galtung: “En algún lado tiene que haber un límite. Hasta aquí, pero no más, todavía somos un imperio”.

La segunda causa de la reacción europea es el hecho del relativo desarrollo económico, social y cultural de la Argentina, comparado con el resto de los países atrasados. La visión que Europa tiene del mundo subdesarrollado, la imagen que se muestra en los medios de comunicación, en libros, escuelas y universidades es la que corresponde a países carente totalmente de estructura industrial, atados a formas primitivas de agricultura y sujetos a atavismos culturales que dificultan la puesta en marcha de sus fuerzas productivas. A los ojos europeos el atraso está simbolizado por un niño, ne

gro, amarillo o cobrizo, que con ojos enormes y el estómago hinchado mira azorado la cámara del hombre blanco mientras sostiene en las manos un cuenco vacío. O, para dar un ejemplo que nos es más cercano, un coya que desde sus alturas sopla eternamente una monótona quenak mientras dos esmirriadas cabritas muerden los ralos y ásperos pastos del altiplano. Y atrás de él, la sombra cruel y omnímoda del capatas, malvado hasta lo incomprensible. Ese es el mundo ideal para enviar misiones de ayuda. Los pobres del Tercer Mundo son la mercadería que los televidentes, los estudiantes de antropología y las almas buenas compran para clamar su conciencia y que las multinacionales industrializan para demostrar que al fin y al cabo no somos tan malvados cuando les damos un puesto de trabajo a todos estos desgraciados a los ojos de Dios.

En los cinco años que llevo en Suecia, la televisión jamás ha dado un programa en el que se viera la riqueza y la potencialidad cultural de nuestros escritores y artistas, jamás un programa en donde nuestros intelectuales -cualquiera de ellos, los que entienden o los que no entienden- pudieran dar aunque má no sea un reflejo del verdadero desarrollo de América Latina. Somos pura naturaleza. Nuestros bailes son sensuales, nuestras mujeres ardientes, nuestros hombres viriles y pasionales. Pero nuestro pensamiento, nuestra historia, puro devaneo y pretensión.

Y ante este cuadro ¿dónde poner a Argentina o a México o a Brasil? ¿Qué hacer con países que cuentan con una numerosa clase media de profesionales y técnicos y con un imortante movimiento obrero con arraigadas y, por así decir, “europeas” tradiciones sindicales? Este tipo de países, cuyas economías no corresponden exactamente a los cánones elaborados por la Organización Mundial de la Salud o el Banco Mundial para definir el subdesarrollo, constituyen de alguna manera una amenaza para el predominio político y económico del mundo industrializado. Nuestro patriotismo, mucho más si es latinoamericano, rompe la imagen de resignación y miseria, y los verdaderos sentimientos de superioridad salen a la luz: si son tan orgullosos como para enfrentar a Inglaterra por unas islas peladas, entonces que se arreglen solos: los mendigos tienen que sacarse la gorra y decir por favor.

Argentina, por primera vez en el siglo XX, se ha enfrentado, armas en mano, con las verdaderas causas de sus males. Y lo ha hecho a través de un frente nacional de hecho, anteponiendo el interés patriótico a los graves y profundos problemas internos. Ha despertado la solidaridad y el apoyo de la Patria Grande. Ha encendido la mecha de posibles y futuros enfrentamientos entre el Norte y el sur. Y esto ha sido mucho más que lo que la beneficencia europea, autosatisfecha de su confort y sus perfectas instituciones, podía soportar.

La solidaridad sólo es posible entre iguales. La autoconciencia sobre nuestra dignidad y la voluntad de hacerla valer cuando sea necesario es el paso previo y necesario parar hallar un verdadero diálogo Norte y sur, si es que ello aún es posible.

Spili, acá la corto. Si quiere publique estas reflexiones en el periódico. Lo despido con un abrazo
.

JFB

23 de mayo de 2016

Las heridas de la balcanización y el bálsamo de la integración

En el año 2006 se reunieron, en la Universidad Católica de Lovaina, un grupo de catedráticos chilenos, boliviano y peruano con el objetivo de conversar sobre la centenaria aspiración de Bolivia a una salida al Oceáno Pacífico, costa perdida como resultado de la Guerra del Pacífico. El resultado de los cinco días de debate fueron las Actas de Lovaina, en las que se privilegió el encuentro, el diálogo y el consenso sobre cualquier otro modo de resolver esa aspiración, alcanzando por ese camino una solución que beneficiara a todos y pudiesen celebrar juntos.

Al concluir las Jornadas, Leonardo Jeffs Castro, reciéntemente fallecido propuso a la Cátedra Integración Latinoamericana retomar en Buenos Aires los diálogos de Lovaina. La idea fue luego informada al Rector de la Universidad Católica Argentina, Arz. Dr. Víctor Manuel Fernández, quien se convirtió a partir de ese momento en uno de los inspiradores de los nuevos diálogos y ofreció la sede de dicha Universidad para su celebración.

Aceptaron la invitación los académicos Guadalupe Cajías de la Vega, Roxana Forteza, Ramiro Prudencio Lizón y Rafael Loaiza Bueno de Bolivia, Jorge Magasich Airola, Eduardo Cavieres Figueroa, Luis Castro Castro y Cristina Oyarzo Varela de Chile y Cristóbal Aljovin de Losada, Daniel Parodi Revoredo, Jose Chaupis y Marcel Velázquez de Perú.

Los invitados dialogaron durante tres jornadas y el 21 de mayo de 2015 firmaron el Acta de Buenos Aires en el Auditorio San Agustín de la Universidad Católica Argentina colmado de profesores, investigadores, estudiantes y dirigentes sociales y políticos que aplaudieron entusiastamente cada una de las firmas.
 
El profesor Humberto Podetti,de la Cátedra Integración Latinoamericana, e invitó a participar en un libro que recopilaría estos trabajos bajo el título "El reencuentro de Bolivia con el mar. Del Acta de Lovaina a la de Buenos Aires".

Esta es mi colaboración a ese importante trabajo de integración suramericana:

“No somos un mero continente, apenas un hecho geográfico con un mosaico ininteligible de contenidos. Tampoco somos una suma de pueblos y de etnias que se yuxtaponen. Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos […] a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia”. 
(Documento de Aparecida).

“Yo no quiero pasar a la historia como un cretino que ha podido realizar esta unión y no la ha realizado. Por lo menos quiero que la gente piense en el futuro que si aquí ha habido Cretinos, no he sido yo sólo; hay otros cretinos también como yo, y todos juntos iremos en el baile del cretinismo”.
Juan Domingo Perón.

Quiero comenzar esta modesta colaboración al esfuerzo de reflexionar sobre los caminos para que Bolivia vuelva a mojar sus costas en el Pacífico con una anécdota personal.

En enero de 1992, fui invitado por la universidad ARCIS, de Santiago de Chile, para proyectar la película “Cipayos, la Tercera Invasión”, que había dirigido Jorge Coscia y de la cual era el coautor del guión. Fui gentilmente recibido por los responsables de los cursos de verano y alojado en un pequeño hotel cercano a la sede universitaria. Durante esos días tuve oportunidad de conversar con varios dirigentes del Partido Comunista chileno, que formaban parte de la universidad. En una de esas charlas salió el tema del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba, que la dictadura de Pinochet había roto y que el gobierno de Patricio Ayllwin aún no había restablecido. Chile vivía, en ese momento, los primeros tiempos del retorno de la democracia y un ambiente cuestionador y creativo. Casi sin pensarlo, me metí en la conversación sugiriendo que, para evitar la naturaleza notoriamente ideológica del restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba, sería interesante plantearlo desde una perspectiva latinoamericanista. Para ello, se me ocurrió decir, que debería plantearse no sólo el restablecimiento de las relaciones con la isla, sino también con Bolivia.

En el instante mismo en que terminé de esbozar mi idea, en una mesa de café y sin ninguna capacidad operativa, mis interlocutores, todos ellos vinculados de una u otra manera a la izquierda chilena, quedaron mudos. El aire se cargó de una pesada energía negativa y, mientras se miraban unos a otros, quien parecía tener más autoridad me contestó con una helada seriedad:

- Nosotros jamás propondríamos una cosa así. Eso sería ir contra el país.

Confieso que quedé estupefacto. Con ingenuidad y buena fe, sin buscarlo, había tocado uno de los más sensibles nervios de la política exterior chilena y casi de su identidad. A esos amigos les resultaba un deber militante establecer relaciones con Cuba, de la misma manera que les parecía un deber militante no hacerlo con Bolivia, el país vecino. La experiencia me permitió conocer vivencialmente la profundidad de la herida no cicatrizada que la Guerra del Pacífico dejó, no ya en alguno de los países vencidos, sino, paradójicamente, en el país vencedor.

De ahí la importancia que, desde esta perspectiva, han tenido, tanto la reunión de Lovaina en septiembre de 2006, como su continuidad en Buenos Aires en mayo de 2015.

1. La era de los estados nacionales

La cuestión de la mediterraneidad de Bolivia es una consecuencia directa del proceso de balcanización que sufrió la nación latinoamericana a lo largo del siglo XIX. Mucho se ha escrito sobre este tema, pero creemos que no es redundante mencionarlo en esta exposición. El mapa político de Suramérica, su división en diez débiles estados agro y minero-exportadores y el enfrentamiento armado entre ellos -afortunadamente no muy frecuente- no ha sido el resultado de siglos de diferencias culturales, de procesos de ocupación y dominación, de seculares tendencias expansionistas, de antiguos conflictos religiosos o de opresiones imperiales multinacionales.

Por el contrario, el breve período que va desde 1824 a 1883, cuando finaliza la Guerra del Pacífico, se caracteriza por el estallido y fragmentación de las distintas regiones de la heredad hispánica en el continente suramericano, que hasta la batalla de Ayacucho habían combatido unidas contra la dominación española. En 1965, el chileno Felipe Herrera, uno de los próceres del siglo XX de nuestra nación inconclusa, citaba al argentino Juan Bautista Alberdi -de larga e influyente actividad en Chile- al inaugurar Instituto para la Integración de América Latina (INTAL):

"A comienzos de 1817 estaba lista en Mendoza la partida del Ejército Libertador. Las instrucciones solicitadas por San Martín al Gobierno de Buenos Aires contenían las grandes líneas del programa emancipador de la revolución argentina para los demás pueblos de América, y en ellas se le señalaba que hiciera valer su influjo para persuadir a los patriotas chilenos a enviar sus diputados al Congreso de las Provincias unidas 'con el objeto de constituir una forma de gobierno general para toda la América Latina, unida en una Nación'"1.

"Desterrado el mal, aflojamos los vínculos de solidaridad", explicaba Juan Bautista Alberdi. Y lo que en Europa fue el proceso tardío de formación de los estados nacionales, en Suramérica fue una simiesca danza macabra que lejos de unificar a los pueblos con el mismo idioma, separados por artificiales fronteras y aduanas -como hizo Bismarck o el Risorgimento italiano-, dividió regiones, con igual idioma, religión y tradiciones, a partir de la fuerza centrífuga de sus puertos. Así nacieron nuestros estados actuales. Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso, Lima, Guayaquil fueron el núcleo de la balcanización y transformaron sus zonas de influencia en países que simulaban una ideología nacional al modo de húngaros, checos, alemanes o daneses.

Y en esta tragicomedia, interpretada por las burguesías comerciales portuarias y la arrolladora presencia de los intereses británicos en la región, tuvieron su desarrollo las dos tragedias que derramaron sangre fraterna en el corazón del continente: la Guerra del Paraguay y la Guerra del Pacífico2. Y si la primera dejó al pueblo guaranítico privado de sus hombres -sólo viejos, mujeres y niños quedaron en el Paraguay ocupado por las fuerzas imperiales de Brasil-, la segunda dejó sin contacto con el mar a la república que debe su nombre a la memoria del Libertador.

Y la ocupación del ejército chileno en la tierra de Belzú dejó heridas profundas en la memoria de los bolivianos. Por segunda vez, el “portalismo” -la ideología aislacionista y proinglesa de la burguesía comercial de Chile- humillaba a Perú y Bolivia. Cuarenta y cuatro años antes, en la batalla de Yungay, habían derrotado al Mariscal Andrés de Santa Cruz, el heredero de Bolívar, y disolvió la Confederación Peruano-Boliviana.

Saqueos, violaciones y un manifiesto racismo del ejército chileno, más la pérdida de su litoral, marcó desde entonces el sentimiento boliviano hacia el invasor. Como dice Cecilia González Espil: "La actuación de Chile en la guerra fue la de un conquistador"3.

2. La era de la integración continental

A lo largo de todo el siglo XX fue imposible superar la enorme grieta producida entre los dos países. Bolivia, viviría una guerra más, producto de la balcanización y los intereses imperialistas en la región, esta vez con el Paraguay. La tragicomedia de la creación de nuestros supuestos estados nacionales tuvo un nuevo y trágico capítulo en una guerra en la que ambos contendientes salieron perdidosos. Y la pérdida de su costa se convirtió, inevitablemente, en una causa irredenta que impregnó toda la relación boliviana con sus vecinos. A su vez, Chile asumió como victorias nacionales los resultados de la guerra del Pacífico y los introdujo en su historiografía oficial como fechas de la misma magnitud que Chacabuco o Maipú. Ninguno de los gobiernos que se sucedieron en ambos países, con los característicos ciclos de revolución y contrarrevolución que configuran la política del continente, lograron poner punto final a una situación que, cien años después, se había convertido en anacrónica, pero mantenía su injusticia originaria.

La propia República Argentina asumió los resultados de la guerra según el patrón aquí descripto de la construcción de los Estados Nacionales, y usó alternativamente a uno o a otro país para equilibrar las relaciones con el Brasil, desentendiéndose del problema del mar boliviano.

Una sumaria recorrida por nuestra historia diplomática pone de manifiesto dos cuestiones: una, nuestra cancillería nunca, ni siquiera durante los gobiernos de Perón, hizo manifiesta una voluntad o deseo de devolver a Bolivia su salida al mar; la otra, solo excepcionalmente -en los gobiernos peronistas- la cancillería argentina se aproximó a Bolivia. La política de los gobiernos anteriores al peronismo se desentendieron de Bolivia y, durante la guerra del Chaco, Argentina se puso detrás de Paraguay, mientras Brasil hacía lo propio con Bolivia4.

El ciclo de los estados nacionales ha terminado. Los grandes bloques continentales se han convertido, como preveía Friedrich Ratzel en el siglo XIX, en los nuevos protagonistas de la política internacional. Con dificultades y múltiples resistencias, nuestro continente suramericano está encaminado a ese estratégico objetivo, so pena de convertirnos en meros sujetos de la política internacional dictada por otros.

Es entonces en este marco, en el de la superación de la estrechez de esos impotentes estados nación creados bajo el predominio de nuestras economías agro y minero exportadoras, que la reunión de Lovaina y su actualización porteña adquiere su real dimensión. Como muy bien ha dicho el profesor Rafael Antonio Loaiza Bueno, en su intervención en Buenos Aires:

"Al respecto, son ciertamente taras la ideologización de la mediterraneidad boliviana, la excesiva dependencia hacia la terminología política (léase soberanía) y la utilización política del tema a través de las causas nacionalistas y a veces xenófobas por las que se aborda institucionalmente el tema".

Son taras, pesos muertos de un pasado que se resiste a ser enterrado, para dar paso a nuevas formas de vida social y política de nuestros pueblos, en los que la unidad de lengua, cultura, religión y problemas se impongan a las cicatrices o supuestos orgullos adquiridos en épocas de división y enfrentamientos.

Alberto Methol Ferré, en diálogo con Alver Metalli, afirma:

"Una visión localista que exalta 'lo nacional' y que hasta lo opone a lo 'sudamericano' y a lo 'latinoamericano' penetra todavía la enseñanza primaria y secundaria en nuestras escuelas. La revisión de los libros de texto es apenas el comienzo. Este hecho no hace más que reforzar la idea de que la educación es un nivel fundamental en un camino integrador" 5.

Este pensamiento es el que nutre, entiendo, la propuesta de estos encuentros que, fuera de los ámbitos de decisión política y desde una perspectiva académica, propone un nuevo acercamiento al problema. Hacemos nuestras las palabras del profesor Rafael Antonio Loaiza Bueno, cuando sostiene, en el texto ya citado:

"Buenos aires se atreve valientemente a sugerir espacios de desarrollo educativo transnacionales, a través de la enseñanza de la historia, de la otra historia, la de la otredad, pues no existe otro evento que construya mejor las simbologías que hoy nos separan. No hay que reescribirla, hay que darle un sentido, un sentido que nos permita entendernos y cerrar las heridas de la guerra con diálogos educativos y que nos mueva a trabajar nuestros parecidos antes que nuestras diferencias".

La integración continental, la construcción de la Patria Grande, tiene que actuar como un bálsamo sobre las viejas heridas y los viejos rencores,hoy anacrónicos ante la inmensidad del desafío. Que en la silla de Pedro esté hoy un argentino plenamente imbuido de nuestro destino de unidad pone un aliciente más a este esfuerzo de permitir que Bolivia recupere su situación costera, pese a las dificultades que hasta hoy la política ha encontrado para alcanzar esta solución. Ni el armamentismo agresivo, ni las provocaciones fronterizas pueden imponerse sobre este notable llamamiento que formula Monseñor Víctor Fernández en su discurso de Buenos Aires:

"No perdamos nuestra pasión latinoamericana, no dejemos que nos enfríen este sueño de la Patria grande".

Las universidades pueden, además, recuperar esa “hora americana” que anunciaban los jóvenes cordobeses de la Reforma Universitaria de 1918, conquistando con el pensamiento y la argumentación sensata lo que, insisto, viejas pasiones, que se han convertido en comarcales, han impedido hasta ahora.


Bibliografía
Alberto Methol Ferré. La América Latina del siglo XXI, Edhasa, Marzo, 2006
Andrés Cisneros y Carlos Escudé. Historia de las Relaciones Exteriores Argentinas. Tomo VII: La Argentina frente a la América del Sur, 1881-1930. Grupo Editor Latinoamericano. Buenos Aires. 2000
Cecilia González Espil, Guerras de América del Sur en la formación de los Estados Nacionales. Ediciones Theoria.Buenos Aires, 2001.

1 Felipe Herrera, Obstáculos y avances para una Comunidad Económica Latinoamericana. Conferencia. http://www19.iadb.org/intal/intalcdi/integracion_latinoamericana/documentos/104-INTAL_veinte_anios_de_existencia_3.pdf
2 Cecilia González Espil, Guerras de América del Sur en la formación de los Estados Nacionales. Ediciones Theoria.Buenos Aires, 2001.
3 Idem Pág. 172.
4 Historia de las Relaciones Exteriores Argentinas. Tomo VII: La Argentina frente a la América del Sur, 1881-1930. http://www.argentina-rree.com/historia_indice07.htm

5 Alberto Methol Ferré. La América Latina del siglo XXI, http://www.metholferre.com/obras/libros/capitulos/detalle.php?id=18